El que no conoce su historia, está condenado a repetirla (Confucio)

Llegó el momento de contarles está historia o como prefiero decirlo: llegó el momento de contar uno por uno cada viaje y cada empresa emprendida en ellos. No puedo saber con seguridad cuanto nos tome aquello, lo que si se, es lo difícil que fue tomar la decisión de publicarlo.

Además de las continuas recomendaciones cercanas para hacerlo, hay una suerte de “momento justo” para volver atrás y enfrentar las sombras y los demonios que un día rondaron mi alma y la de mi familia. Estoy segura que si lo hago ahora es porque mi Padre así lo quiere, desde un principio eso es lo que él quería…

Corría el año 2014 mi esposo y yo surfeabamos los primeros años de la década de los 30´s, mi hija menor tenía cerca de cinco años y mi hijo mayor cerca de 7 años. Durante ese año y por primera vez habíamos tenido algunos meses sin acudir a su Pediatra, un hombre bastante sabio, lleno de canas y con un mostacho increíble, así que en casa ganó el apodo de Yepeto, nos recordaba al padre de la mágica marioneta que cobró vida para llenar de amor a su creador.

Este Galeno fue el primero y único que tan solo con ver a mi pequeño bebé se dió cuenta de una condición que no le permitía digerir ningún alimento que fuera o se pareciera a la leche.

Este año los niños parecían más fuertes y saludables, “es que están creciendo” nos decíamos.
Lo que no se comparaba a sus primeros años, porque resulta que los niños nacieron prematuros y sus cuidados fueron mayores hasta el primer año al menos, sufrían constantemente de amigdalitis, espasmos bronquiales, asma y tenían su molesta alergia a la proteína de la leche, por lo que generalmente visitábamos al médico o en situaciones más graves parabamos en el hospital.
Pero si piensan que eso es un infortunio, aunque molesto, oneroso y difícil no es nada comparado con lo que nos esperaba para el fin de ese año.

Mi esposo se encontraba en una situación laboral complicada, trabajaba en ese entonces ya nueve años en la misma empresa y parecía haber ascendido hasta donde podía, necesitaba si o sí adquirir una nueva habilidad: el idioma Inglés el cual a esas alturas de su vida no era un tema de falta de oportunidades, si no una bronca con el mismo, estoy segura que cuando estudiaba de pequeño lo hacía de memoria, para obtener una nota y lógicamente como era costumbre en esos tiempos nos enseñaban a traducir el idioma más no a pensar en otro idioma. Unos cuantos cursos tenía en su historial, aun así no lograba la fluidez y seguridad necesarias para expresarse, por esa razón tanto en su trabajo como en casa, se plasmó la idea de viajar por un par de meses para mejorar en esta área y regresar más seguro respecto a comunicarse en otro idioma.

Hicimos un gran esfuerzo para que viajara, nunca, desde que nos casamos resulto fácil llevar la contabilidad del hogar, generalmente teníamos altas cuentas hospitalarias que pagar y otro tanto en medicinas. Las diferíamos a 24 o 36 meses,no bastaban nuestras tarjetas debíamos recurrir a las de mis padres, la razón continua eran los niños o se debían a mí.
Hablar de que yo aportará trabajando era aún más complicado, pues la vez que lo intentaba, resultaba más costoso que si no lo hacia, además que generalmente debía hacer reposo por los embarazos de alto riesgo o por mi enfermedad renal, una condición crónica llamada Glomerulonefritis Mensagio Capilar, sin embargo y gracias al apoyo de mi esposo generalmente mantenía un consultorio en el cual cobraba muy poco y en realidad era más un asunto de realización profesional que un sustento, así que, para cualquier vicisitud contábamos únicamente con el sueldo de mi esposo.

Siempre pensábamos en pagar las cuentas ¿Como no? También pagar la generalmente costosa educación de los chicos. De cualquier manera también merecíamos darnos ciertos “lujos” que nos proveyeran a la larga posibilidad de seguir pagando nuestras deudas y a la vez mejorar nuestra situación económica, ese viaje haría que mi esposo tuviese más oportunidades de seguir haciendo carrera en su empresa.

Este muchacho, mi esposo, siempre ha tratado de hacer lo mejor que puede, yo creo que sufre de algunos males: entre ellos un trastorno obsesivo compulsivo, que lo obliga hacer las cosas jodidamente bien! detesta que queden a medias o mal hechas, le fascinan los organigramas, el excel y todo aquello que genere orden y planificación, fuera de su programación como robot esta la de ser humano y en esa yo pienso que tiene un 10/10, es un caballero cuando trata con la gente y siempre dispuesto a tender la mano cuando otro lo necesita, así que supongo que esos, a los que yo llamo “males” le han hecho merecedor del cariño de las personas con quienes trabaja, de hecho, además de motivarlo a mejorar le dieron un par de meses para viajar y prepararse.

Más endeudados pero definitivamente esperanzados, partió a mejorar su relación con el frío idioma del norte.

Hasta ahora el panorama se pinta difícil pero franqueable, sin embargo, hablando de la relación de pareja y como padre existía una gran deuda.
Yo sumaba un costo incalculable e impagable entre los dos, habían sido ya diez años de matrimonio, en los cuales él había mantenido económicamente el hogar y había dedicado su vida a ello y eso solo se conseguía entregándose en cuerpo y alma a su trabajo, los días laborables se extendían y no se contaban: las navidades, años nuevos, feriados y cumpleaños eran propiedad de su empresa, hubieron años muy muy difíciles, recuerdo que mi hijo llamaba papá a su abuelo, la figura paterna más cercana y dedicada con el cual vivía o le visitaba todo el tiempo.

Ese resentimiento, mas una galopante depresión crónica que arrastraba desde la perdida de nuestro primer hijo resulto en un sentimiento aun peor y más dañino que cualquier otro: El MIEDO, el temor.

Personalmente siempre me he descrito como una mujer segura de mi misma, emprendedora, capaz, líder, independiente, etc.
Pero para ese entonces lo que llevaba dentro mío era viscoso y sombrío, forrado en mucho cascaron, un gran disfraz de madre auto suficiente y ocupada en plena crianza de sus hijos, aunque mi esposo lo sospechaba y me preguntaba como ayudarme, sentía tanto dolor en mi alma que difícilmente era capaz de admitir que yo no estaba funcionando de la mejor manera posible.

Eran tantos pensamientos que me aquejaban; entre ellos que no podía bajo ningún concepto desfallecer, no podía caer, la rendición era de cobardes, así el mundo cayera a mi alrededor, yo debía mantenerme en pie y mantener en pie a los que amaba, quería, deseaba caer y no levantarme jamás, imaginaba diferentes maneras de morir inesperadamente, no el suicidio, eso no porque no coordinaba con la idea de fortaleza que debía trasmitir, ideaba diferentes muertes en donde mi imagen no perdiera su rectitud, en el mejor de los casos deseaba cerrar los ojos, dormir y que todo a mi alrededor mejorara por arte de magia.

Había una impresión en mi interior, en ese fondo obscuro e interno de nuestra psique, donde no llega ninguna luz, solo una imagen, clara y definitiva, esa imagen que no se la dices ni a tu sombra y no pretendes revelarla nunca a nadie, en esa imagen me veía yo, sola, enferma, gorda, junto a mis dos hijos pequeños: uno en brazos y el otro de mi mano en el vacío inmenso de mi mundo, de mi planeta rebosado de dolor que había creado.

Trato de recordar ahora los días llenos de oraciones, pidiendo fe, valor para continuar un día más. Siempre fui consciente de los problemas que me aquejaban y era consiente de la terapia que necesitaba, también era consciente que las cosas que me decía a mi misma no reemplazaban una terapia o la medicación, pero había un ello muchísimo más fuerte que toda mi alma y mi cuerpo juntos no podían ganarle.

Lloraba por las noches, aún cuando los niños pedían dormir a mi lado, no dudo que escucharan, más aun no dudo que lo sentían, despertaba con una dificultad inmensa, enviaba a los niños al colegio y volvía a dormir solo para esperar que regresaran, los alimentaba, hacíamos tareas de la manera más difícil que se pueda imaginar, discutiendo, dándome botes contra el piso porque no lograba que entendieran mis indicaciones . Por la noche él llamaba para hablar con sus hijos y conmigo.

Hablar era complicado, difícilmente puedes comunicarte cuando sientes dolor, recuerdo que al ver su cara en la pantalla mi mente gritaba “traición” “deslealtad” (se fue y me dejo sola, con todo esto encima) poco a poco los niños tampoco querían hablar con él y se llenaban de las mismas emociones de su madre enferma, aun así hablábamos, aun así orábamos y estaba segura, completamente segura que él nos amaba tanto como nosotros a él.

Y fue justo cuando logramos superar el tema de las discusiones por su partida y empezábamos a hablar con ilusión de su llegada, un mes y medio antes de sentirlo en nuestros brazos otra vez, que la señora Tragedia tocó nuestra puerta.

Debido a que en las escuelas a manera de requisito, exigen análisis de orina y sangre preventivos actualizados, acudimos prestos e insospechada mente tranquilos a cumplir el requisito, habían sido cerca de nueve o diez meses sin siquiera tener gripe, nada podía salir mal, es más yo que era la que peor salud arrastraba, tenía mi problema renal controlado, ese tema de ya diez años atrás y que surgió a raíz de la perdida de nuestro primer bebé y pronto les contaré.

Basta observar un poco para maravillarse con lo sabia que es la vida, se encarga de enseñarnos a los que tenemos la cabeza dura; que la lección que no se aprende a la primera vez,tenderá a repetirse. Indefectiblemente una y otra vez hasta que logremos extraer el aprendizaje que la vida quiere darnos.

Llamaron del laboratorio para que me acerque a recoger los exámenes, la señorita del counter me esperaba algo urgida, apenas me entregó el paquete dijo que debía llevarlos a su pediatra y si no tenía uno podían darme de inmediato una cita con los profesionales de ese centro.

Aunque ya venía pensando que pudiese haberlos hecho llamarme personalmente no estaba lista para lo que me estaba diciendo. Me apuré para abrir el gordo sobre verde con blanco y desenrollé los papeles esperando sea solo una falsa alarma, he leído tantos exámenes en mi vida y he escuchado tantas interpretaciones médicas, además me he instruido otro tanto queriendo descifrar mi condición renal, la perdida de mi hijo, las alergias de los niños y como no tenía la experiencia de mis prácticas hospitalarias, mi voz interna repetía ¡Seguro es algo manejable!

Lo primero que leí en su examen de orina fue: Proteinuria y lo segundo: Positivo +++.
No alcance a terminar, había aún más parámetros anormales que ya no necesitaba ver, la vida nos había alcanzado una vez más, nos había pillado disfrutando un poquito de más, la tragedia se repetía una vez más, y no había nada que pudiera cambiar ese hecho, nadie más que pudiera comprender lo que se avecinaba como lo hacia yo, nadie más estaba a mi lado, tal como esa imagen desolada impresa en el profundo y obscuro lugar de mi mente.

Unos enormes ojos color almendra me miraban fijamente desde una silla de espera donde senté a la pequeña para acercarme libremente a la caja.

A mi lado estaba ese pequeño niño, con su manito regordeta tomando mi mano, con más fuerza de la que nunca un niño de esa edad pudiese tomar a alguien, ese pequeño niño que no tenía ni idea de lo que le estaba pasando, ese niño sostenía a su madre con más fortaleza de la que ella mostró nunca.

En mi recuerdo está un insondable dolor, como un cuchillo grande, helado y filoso que penetra mi espalda y se llevara tu aliento. Hay también un recuerdo olfativo, es un un olor a metal, frío, como cuando inhalas profundamente en la madrugada justo después del rocío pero aquí en la montaña, así con esa dificultad, una suerte de pequeños vidriesitos chocando contra las fosas nasales y llegando hasta tu cerebro, así se sentía el diagnóstico, que aún no era oficial pero para mí era un hecho, Gabriel tenía Glomerulonefritis.

Recién hoy comprendo porque no podía ni mirarlo, no podía hablarle, los ojos se me llenaban de lágrimas y no podía retenerlas, juro que intente verme inquebrantable, lo juro, pero nada servía, el mundo, mi mundo de sufrimiento y dolor, todo lo que me rodeaba, nada importaba, todo se fue por un caño, solo escuchaba su pequeña voz: -Mami, mami ¿Qué pasa, qué hice?-
Continua…

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